Por Mónica Suárez

Frente al espejo, te ves como un péndulo, balanceándote de un lado a otro, convulsionadas las manos y las piernas sin poder evitarlo. La humedad de tus ojos desorbitados se mezcla con la saliva de tu lengua cada vez más fría. El vuelo de tus pies en el aire, disminuye. En el charco brillante, tu reflejo parece volverse un fantasma sin rostro.
Una respiración ajena te alcanza; reconoces el esfuerzo que realiza quien se acerca: percibes cómo comienza por sus pies, sube por sus muslos cada vez más tensos, el abdomen contraído, los brazos estirados atrapando la base de tu cuello, como si su propósito fuera darte un masaje, con esos dedos cuadrados, carnosos, que identificas con facilidad. Ahora los dedos se flexionan y se vuelven rígidos sobre tus hombros. Y sientes, ¿sientes?, la respiración agitada de aquel cuerpo junto al laberinto de tu oído, meciéndose entre las lianas de tu pelo, atrás de tu nuca. Al mismo tiempo, la longitud de otros dedos, ahora delgados, tiemblan al unirse con tus tobillos, y reconoces en éstos, los mismos que alguna vez recorrieron tu espalda, amaron el filo de tu rostro, tu vientre, y ahora sólo se dejan llevar por la inercia sobre tus pies inmóviles.
Adviertes como nunca la corriente fría estrellándose contra otra más pequeña, apenas perceptible, cuando las cuatro manos, en un mismo movimiento te levantan y te agitan con torpeza contra ese bamboleo, generado por tu cuerpo.
¡El silencio estalla en la oscuridad, que se llena de ruidos!, permaneces en esa oscilación trabajosa mientras localizas de dónde vienen. Llegan de enfrente: han abierto la puerta, piensas, mientras intentas identificar los ruidos que te envuelven extrañamente limpios, separados unos de otros como si debajo de cada uno durmiera otro distinto. Entonces piensas en la claridad inaudita de los televisores de alta definición, piensas eso, y te reprochas estarlo pensando cuando las imágenes irrumpen vertiginosas: envueltas en recortes oscuros que se desdoblan para dejar sobre tus ojos, ¿dejar sobre tus ojos?, las figuras y los aromas, la imagen de la frágil curva del talle de Clara, sus manos delgadas, más blancas aún en el recuerdo, cuando buscaban tu cuello y tú las besabas y olían a duraznos dulces. Tan dulces como su boca, cuando, sin poder evitarlo, extraías de sus labios esa savia aromática, con el roce de tus dientes. Sus ojos oscuros te miraban de lleno, en esa tarde anaranjada de la primera vez: mientras la luz entraba por la ventana de manera curiosa, como un río desbordado sin llegar a estarlo nunca, sin tocar las orillas de la cama en donde Clara y tú, se balanceaban al ritmo de sus piernas, anudadas a la base de tu espalda; oscilando suavemente.
No como en este momento, cuando el balanceo se vuelve angustioso, torpe, tanto que temes caer en ese enjambre de ecos emergidos desde un océano de pasos distantes, bocinas enloquecidas y voces extrañas; que de pronto enmudecen tras un golpe de metal agudo.
Han cerrado la puerta, piensas, y recuerdas el brillo desigual del Ángel de la Independencia, inmóvil en el paseo de la Reforma, mirando con sus ojos petrificados el peregrinar eterno de los autos, al igual que tú veías, aquellas noches, desde la ventanilla del auto la misma procesión, y levantabas el rostro para mirar a la Victoria alada suspendida en un pie y te preguntabas si nunca se cansaría de ese malabarismo. Rogelio hablaba del tiempo, de cómo pasa el tiempo, sin poder estirar los pies pegados al acelerador y al freno, para luego lamentarse de tu difícil situación y explicarte que las propuestas publicitarias debían ser más productivas. Escuchabas entonces sobre todas las clases de tiempo entendidas por tu jefe, sin importarte: sabías que él pondría su mano, de dedos cuadrados, sobre la tuya, inmóvil, y sentirías avanzar sus puntas, aprovechando el tiempo por tus muslos, en tanto, pensarías en Clara y te morderías los labios dejándolo recorrer la base de tus nalgas, porque ella debía ir al médico, debías comprar sus medicinas; el vestido rosa del cual se había enamorado, pagar los boletos del viaje a Veracruz, para que Clara pudiera respirar junto a tu oído sin esa tos sorda, como si viniera de lejos, cerrándole la garganta. Luego, estaban esos pequeños papeles: guardados en algún cajón de la casa de Rogelio, esos papeles, en donde tu firma lucía temblorosa, y tú no te atrevías a negarte a nada.
Tu cuerpo continúa entre las cuatro manos sostenido con torpeza. Todavía el sonido de la puerta golpea tus tímpanos. Ya no quieres oírlo. Sientes un jalón oportuno cuando crees que tu caída es inminente. No reconoces la fuerza de estos nuevos brazos. Los sabes velludos, sin entender cómo puedes intuirlos así, a través de la ropa que cubre tu espalda. Ahora las seis manos te acomodan sobre una suavidad mullida y placentera. Se inicia una carrera de pasos a tu alrededor; pero te niegas a seguirla.
Te duele saber las lágrimas en las mejillas de Clara, y no comprendes cómo puedes sentirlas rodar tibias. ¿Cómo puedes sentirlas bajar como de tus pómulos, cuando la presión de sus dedos delgados cierra tus párpados? Como si sirviera de algo, como si tus ojos no hubieran estado ciegos mucho antes.
De nuevo las seis manos te rodean, de un impulso te levantan, la ráfaga se corta con rapidez: caes sobre una almohada de aire que se vacía bajo tu peso al precipitarte en un rectángulo duro, con olor a pino o a nogal, a madera y a tela recién comprada.
La presión de los dedos de Rogelio desaparece de tus hombros, tu torso se libra de las manos velludas, tus pies dejan de sentir las manos blancas de Clara, cuando te paras en la tabla; sabes: estás inmóvil en esa caja, y piensas en lo extraño que es estar de pie horizontalmente, de pie con todo el cuerpo y no recuerdas haber sentido nunca esa manera de estarlo, porque Clara y tú se acostaban en la cama sin importar los platos de la cena esperando en el fregadero, ni el maullido de Penélope, celosa de sus caricias, y sabías que no estaban de pie; aunque tampoco te hubiera importado, porque todo carecía de importancia cuando estabas con Clara y sus labios de durazno, y su cuerpo menudo fundido con el tuyo. Su cuerpo cuyo precio valía todas las manos cuadradas, (de todos los Rogelios del mundo) pegadas a tus nalgas, bajando por tu estómago hasta detenerse en tu vientre y saltar a tu sexo.
No importaba, hasta ese día en que llegaste antes, libre por unos días de Rogelio, de sus manos cuadradas y de su cuerpo pegajoso. Entraste por la puerta de la azotehuela con la alegría de tu regreso inesperado.
Estaban aguardándote los platos acomodados en la cocina y la ropa dormida en los ganchos; todo parecía inusual, deshabitado. Esperaste tomando café hasta que sonó el teléfono: reconociste la voz de Clara, e intentaste decirle: Vuelve pronto.
Pero ella te explicó, que en ese momento se encontraba en Cuernavaca, cuidando a sus sobrinos, pues su hermana Claudia -a la cual tú nunca conociste- estaba enferma, y ella no podría regresar sino hasta tres días después. ¡Pobrecitos!, debía encargarse de la casa, de la escuela, y esa explicación te sonó falsa, porque en algún rincón de tu memoria se agazapaba el recuerdo de Claudia, su única hermana, viviendo en Manzanillo. Pensaste en el té de manzanilla de manera estúpida, arrinconando la duda, echándola a un lugar oscuro.
De golpe la casa se volvió un cementerio, por eso saliste a la calle sin saber qué hacer, hasta regresar al centro. Atravesaste el Zócalo. En la calle de Tacuba subiste al primer piso. Abriste la puerta de la oficina pensando en el proyecto, en aprovechar tu tiempo trabajando hasta tarde: otra vez Clara y sus necesidades… Justo en ese momento, su voz te llegó tranquila, contenta: “Sí, mi amor”. Instintivamente permaneciste en la puerta, por el filo de luz la miraste sin comprender. Su cuerpo lucía graciosamente el vestido rosa. Extendió los brazos al vacío. Estuviste a punto de llamarla todavía con la sorpresa de encontrarla allí; pero Rogelio apareció antes, con una botella en la mano, y Clara lo recibió en sus brazos, ladeando un poco la cabeza, ofreciendo sus labios en un beso.
Tu corazón dio un salto violento. Corriste escaleras abajo sin importarte la puerta entreabierta. En la calle, reconociste el coche de Rogelio. Tus ojos se poblaron de fantasmas, huiste sin decir nada: como protagonista de una película muda en blanco y negro.
Ahora piensas, en lo imposible de seguir pensando mientras la caja se desliza dentro de una carroza. Sigues sin comprender cómo puedes sentir las lágrimas de Clara, porque ella llora, y no entiendes por qué llora tanto, si Rogelio la consuela estrechándola contra su pecho.
Por un instante el movimiento se detiene, imaginas las caras largas de los amigos, mientras siguen al féretro. Te parece ver el llanto de las amigas al contemplar cómo cae la tierra sobre la caja, cuya vibración te toca, como el llanto de Clara cayendo sobre el pecho de Rogelio sin poder detenerlo, del mismo modo que cuando llovía, y Clara y tú se acostaban, como se debe: con los pies calientes bajo las sábanas, y sentían las gotas de agua incontenibles contra los vidrios, y no logras entender -como si se pudiera entender- cómo es que te has muerto o si esto es morirse, y te remueves en tu inmovilidad.
Sabes su cuerpo menudo hundido en el pecho de Rogelio mientras caminan, y su vestido negro flota y escuchas alejarse sus pasos de bailarina sobre la tierra húmeda, olorosa a campo, a muerte.
Los conocidos comienzan a alejarse y tu lengua recobra el movimiento cuando gritas, ¿gritas?: ¡No se vayan, aún no he muerto! Pero tu tiempo ya es otro.
De pronto te asalta la idea de los gusanos. Comprendes con una lucidez espantosa que la gente no muere. Seguirás pensando aún en los estómagos babosos de los gusanos, seguirá el sentimiento multiplicado en infinitos trozos. La gente no muere; aunque muera para los demás. Es en los otros donde cobrará importancia el haber colgado de una cuerda.
Vuelves a sentir las hebras del mecate áspero cuando tus manos, de una vergonzosa torpeza, intentaban el nudo, porque no sabías hacer ese tipo de nudos, como no sabías hacer otras cosas. Cierras tus ojos sellados porque quieres terminar de una vez, escaparte del tiempo, morirte como te habían dicho que se moría la gente, y viene otra vez Clara, con su vestido rojo, y te sonríe con esa sonrisa cómplice de un principio. De pronto tienes la certeza de que estarás recordándola, recordándolo todo hasta el infinito.
El pánico se apodera de ti. Cuando crees no poder soportarlo más, se abre una astilla de tiempo y miras el lago de tu infancia, intacto, estancado.
Entonces saboreabas duraznos bajo los brazos de los árboles, en el huerto de tu padre, y el sol te llameaba la cara mientras corrías sobre la hierba mojada, con los oídos llenos de tu nombre, y te parece escuchar claramente el chapoteo de tus zapatos en el agua, sentir las gotas filtrándose hasta tus pies al hundirse en la hierba y el lodo.
Con asombro reparas en que tu padre nunca tuvo el huerto, jamás comiste duraznos bajo ningún árbol… jamás…
Sientes una tranquilidad casi estúpida… y comienzas a entender.
Ahora podrás tener el huerto que siempre deseaste, podrás borrar el espejo en el que te veías como un péndulo. Borrarás las manos cuadradas de Rogelio, y la voz de Clara diciendo: “Sí, mi amor”. Borrarás sus labios en el beso, la cuerda cerrándote la garganta, el aire que se acaba. Podrás echarlos de tu muerte, lejos de tu infinito.
Y comprendes, comprendes lo que es el paraíso.
Del libro: Contrasentidos, JustFiction Edition, 2019

Dantón Chelén

Dantón Chelén

Director y Fundador de la revista La Pluma del Ganso

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Número 110

Agosto 2020