numero 13

LETRAS, RETAZOS Y RETOZOS
Jorge Herrera Velasco
Contacto: jorgerre@yahoo.com

SOBRE LA TRISCAIDECAFOBIA

Resulta frecuente encontrar personas que, en su mentalidad, tienen alguna o algunas supersticiones que rigen su comportamiento, al menos ante ciertas circunstancias. Por generaciones se han trasmitido tales formas de pensamiento; conocer el origen de éstas es interesante y llega a resultar divertido.

Una superstición muy generalizada ha dado lugar a la fobia al número 13 que, etimológicamente, es denominada “triscaidecafobia”. Aunque se ignora desde cuando quedó inscrita en la cultura occidental, una de las versiones de su origen viene por lo sucedido en el pasaje evangélico de La última cena, en la cual había 13 personas a la mesa y una de ellas fue ejecutada al día siguiente.

Para la mayoría tal número no significa más que una cifra; sin embargo, no pocas personas llegan a alarmarse cuando en su vida se cruzan con el 13, mismo que en ocasiones es casi convocado por quien teme que se le aparezca; por ejemplo: encontrarle lo pernicioso al inocente número 76, debido a que 7+6=13, que es llegar a una especie preocupante de paranoia.

Tal aversión a ese número ha llegado a reflejarse a nivel mercadológico; por ejemplo el caso de las filas de asientos en los aviones de ciertas líneas aéreas, en las que la empresa ha preferido omitir la numerada con el 13 para evitar que algún triscaidecafóbico se tope frente a la cifra que considera maligna. O lo del “inexistente” piso 13 en algunos hoteles.

Yo supe de la terribilidad del número 13 por mi padre, debido a que mi abuela murió en 1913, quedando él huérfano a temprana edad; con esto quedó cimentada su triscaidecafobia. Desde entonces su aversión a tal número se manifestó en diversas circunstancias de su vida. Él era muy afecto a jugar a la lotería, y se cuidaba de escoger un número que desde luego no encerrara un 13, y para más seguridad, decía, tampoco un 31. En más de una ocasión me tocó presenciar que en caso de existir 13 comensales a la mesa, prefería levantarse con cualquier pretexto, y, si por circunstancia social no era posible, llegaba a perder sus casi imperturbables buenos modales y hasta la digestión se le afectaba.

Mi padre tuvo un par de fobias más, pero la del 13 lo acompañó siempre. Entre sus filias tuvo su favorita, que consistía en la creencia de la buena suerte que acarrean los jorobados.

Volviendo a su afición a la lotería: si se encontraba un billetero con corcova, no vacilaba en comprarle, y lo que le producía el máximo optimismo era tocarle la joroba con su billete en la mano. Alguna vez relató que yendo en el tranvía vio que había subido un jorobado que, al no encontrar asiento disponible, se había quedado de pie a cierta distancia de él. No lo pensó mucho y, a costa de perder su asiento, se levantó y fue abriéndose paso hasta posicionarse junto al de la giba; allí sacó del bolsillo su billete y esperó a que el tranvía enfrenara para aparentar perder el equilibrio y apoyarse en la espalda de su vecino de viaje. Realizada exitosamente su estrategia quedó convencido de tener el número ganador.

No dejo de reconocer que estas creencias y comportamientos le daban colorido a la vida de mi circunspecto padre.

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